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San Valentín en la oficina: amor líquido, y trabajando.

Ana A. Villalvilla

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Posmodernidad, globalización, consumismo, San Valentín. Diez de la mañana en la oficina. Empezamos bien.

Es un secreto a voces que en casi todas las oficinas existe alguna pareja que hoy celebra el “Día de los Enamorados”, aunque la mayor parte de ellas no se atrevan a hacerlo públicamente, ya sea por una cuestión relacionada con el código ético de la empresa o por una cuestión de credibilidad profesional. Aunque no nos engañemos, si tienes menos de 35 años y perteneces a esta generación Millenial que tanto está dando que hablar, lo más probable es que tu capacidad de asumir una relación sólida (o la capacidad de tu pareja) deje mucho que desear.

En el libro “Sexo y Negocios”, de Shere Hite, se explica cómo las relaciones de pareja en el contexto laboral no solamente tienen una tasa de éxito bastante superior a las mantenidas en otros ambientes, sino que además son notablemente rentables para las compañías, ya que habitualmente conducen a los involucrados a pasar más horas en su puesto de trabajo, con tal de pasar más tiempo juntos. Por no hablar, y esta cuestión habría que analizarla de manera independiente, de lo dispuestos que están muchos compañeros a hacer horas extra cuando llega una “chica” nueva a la oficina.

No obstante, y aunque es evidente que hay una serie de cuestiones a tener en cuenta para evitar que un romance de oficina te afecte negativamente, volviendo a lo que apuntaba más arriba, lo que no perdemos de vista es esa volatilidad, incertidumbre, caos y ambigüedad (lo que en inglés se ha conocido como VUCA) que caracteriza al siglo XXI y a sus relaciones humanas.

Los cambios tecnológicos han afectado sustancialmente a nuestra forma de comunicarnos. La cultura del usar y tirar se ha extendido más allá de lo material afectando a las relaciones humanas, y no solamente en lo laboral (que para hablar de contratos basura ya tendremos otro día). Como leí en alguna parte, hemos pasado “de la emocionante espera, a la angustiosa inmediatez”.

El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman definió esta fragilidad de los vínculos de las relaciones del mundo moderno como “amor líquido”, debido a su maleabilidad. Bauman tachaba a la sociedad actual de ser una “sociedad ocasional”, que busca una satisfacción momentánea y cuya consecuencia principal y más notable, es una falta de autoestima que acelera esa disolución de las relaciones. Incluso el amor propio es líquido.

En este mundo de lo efímero y del instante, cada vez es más difícil dotar de consistencia a una realidad en la que una de nuestras mayores carencias es la capacidad de establecer compromisos fuertes y de responsabilidad, y por lo tanto de trascender. Bauman consideró pues, y no puedo estar más de acuerdo, que hoy en día, más que relaciones, establecemos conexiones, y en esto tiene mucho que ver ese avance tecnológico, que incluso ha modificado nuestro uso del lenguaje. Y es que hay términos referidos a las relaciones – y especialmente a las de pareja – que incluso se han desterrado de nuestro vocabulario (y no seré yo quien se atreva a mencionarlos). Así que cuanto más remota es nuestra posibilidad de establecer un vínculo trascendente con otras personas, más individualistas nos volvemos.

A ver quién tiene la valentía ahora de celebrar abiertamente en la oficina una relación amorosa/pasional en este contexto de insustancialidad, falta de contenido y de compromiso. Pero digamos mejor que la razón por la que no somos capaces de asumirlo es por una cuestión jerárquica o de código ético profesional.

Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 13% de las parejas en España se forman en la oficina. Y casi la mitad de las personas experimentarán algún tipo de relación sentimental con uno de sus colegas. La cuestión sería qué tipo de relación es esa, y quién se atreve a ponerle nombre.

Pues eso… Feliz Día de los Enamorados.

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