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Economía Gig vs. Estado del bienestar

Ana A. Villalvilla

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Economía Gig o Economía del “búscate la vida”. Tal vez ese era el término que buscaba la estadounidense Tina Brown, al tratar de definir este modelo de empleo basado en trabajos puntuales (o encargos) para los cuales, en multitud de ocasiones, ni siquiera existe un contrato. Y es que la realidad de este “ni contigo ni sin ti”, ni autónomo ni empleado, esconde más sombras que luces.

Entre los claroscuros del eufemísticamente llamado “intercambio colaborativo”, surgido gracias – y por culpa – del desarrollo de la tecnología de la comunicación y de la crisis mundial encontramos, en definitiva, un reflejo del estado actual del mercado. Hoy en día lo que interesa es tener un gran número de profesionales altamente cualificados disponibles para realizar un servicio de duración limitada (o limitadísima), sin que supongan una carga continua para los cimientos económicos y organizativos de la empresa. Bajo este nuevo enfoque, las “empresas trébol” dividen su actividad en tres tercios repartidos entre trabajo interno (plantilla y directivos), trabajo subcontratado, y trabajadores por proyectos vestidos de “especialistas que vienen a echar una mano excepcionalmente”.

Este tipo de trabajos resultan interesantes para perfiles juniorque necesitan dar los primeros pasos hacia su especialización, o para aquellos que buscan un extra para llegar a fin de mes, pero la precariedad que conlleva es alarmante. Lo cierto es que encontrar un trabajo a tiempo completo es cada vez más difícil, y si un gran número de trabajadores están dispuestos a pasar por el aro con este tipo de modelos, es sólo por necesidad.

Para los que aún no sepan de qué estamos hablando, nos referimos al modelo propuesto por empresas como Deliveroo o Uber, y que son fácilmente localizables para los solicitantes a través de plataformas como Get That Gig o TaskRabbit. Y si todavía os suena a algo lejano o excepcional, para que os hagáis una idea, la consultora McKinsey expuso que un 27% de la fuerza laboral en EEUU y Europa forman parte de esta nueva corriente de empleo (de los cuales dos tercios afirman que se acogen a ella porque no tienen más remedio).

La realidad es que, por mucho que nos guste internet, y por muy abiertos que estemos a distintas e innovadoras fórmulas para desarrollarnos profesionalmente, incluso los millennials queremos vivir tranquilos. Y no lo digo yo, lo dice un estudio de HRdive donde se recoge que un 91% de nosotros sigue deseando un trabajo a tiempo completo, y un modelo empleador más o menos tradicional.

Entre los riesgos que entraña el desarrollo de este tipo de prácticas se encuentra una absoluta falta de regulación en pro de la inclusión social. Y aunque algunos defiendan que con ellas se genera un contexto más democrático, en que la voz de los usuarios se escucha más que nunca, lo cierto es que la informalidad de estas relaciones laborales solamente funciona en entornos de escasez económica; y que su expansión ha sido posible a consecuencia de una actitud demasiado blanda por parte de la UE, aun sabiendo que las bases del Estado del Bienestar chocaban de frente contra las condiciones laborales que proponían.

Lo triste es que, una vez más, el confuso lenguaje político haya hecho posible defender dos modelos contradictorios, beneficiarse de ambos por el camino, y salir airosos del conflicto. Si bien han reconocido los peligros que conlleva la implantación de un modelo que deja a sus trabajadores desprovistos de derechos laborales, la conclusión ha sido, básicamente, que “es lo que hay”. Que seguiremos aportando todo nuestro conocimiento, nuestras herramientas, y nuestra mano de obra para enriquecer a los que quedan en medio de esta operación, entre cliente y profesional. Y que viviremos sujetos a la demanda que pueda surgir, pues lejos de ser dueños de nuestro tiempo y de nuestros propios ritmos, el mercado manda, y el esfuerzo y disponibilidad que se requiere para ingresar a fin de mes una cantidad de dinero que permita una vida digna, son mucho mayores.

Pues bien, como apuntábamos, ni tienes protección social, ni fácilmente vas a ahorrar para tu jubilación, en esta economía de los freelance. Y la cosa se complica si enfermas o te quedas embarazada. De vacaciones pagadas, por supuesto, ni hablamos. Tal y como explica Joaquín Nieto, director de la oficina de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), existe un riesgo real de precarización del empleo que debilita gravemente el sistema de protección pública. Y la falta de regulación habrá de derivar en una reacción social en contra, necesariamente.

Si bien la generación de nuevos modelos de contratación o de negocio surgidos de la creciente posibilidad de trabajar en remoto es lógica, es difícil llegar a la conclusión de que una economía en la que prácticamente solo salen favorecidos los intermediarios, sea lo que más necesitamos. Presentarlo como una oportunidad para las nuevas generaciones para construir y ampliar su red de contactos laborales, y de obtener más y más variadas experiencias, llega a ser insultante. Pero claro, que existan artículos que disfracen a estos trabajadores de triunfadores, tampoco es de extrañar en según qué medios…

Que las empresas prefieran un tipo de contratación sujeta a contingencias por su flexibilidad es una cosa, pero que los trabajadores puedan ser despedidos en cualquier momento, que sus salarios sean todavía más bajos y que, además, queramos hacer de ellos una versión romántica del gigging de los años 20 en los clubes de jazz, es otra bien distinta. Porque resulta que, en lo referente a los derechos laborales, las empresas no se hacen cargo bajo la premisa de que se trata de profesionales autónomos, que ellos simplemente los ponen en contacto con el cliente y que, por lo tanto, no tienen por qué cumplir la normativa laboral. Que cada palo aguante su vela, vamos.

Si bien el modelo anglosajón acepta con cierta naturalidad este tipo de sistema económico de mayor vertiente liberal, este no es el caso de Europa, donde el consenso surgido de la tradición es una combinación de libre mercado y políticas sociales. En este contexto, el impacto cultural y los efectos causados por la economía gig es necesariamente diferente. Y la hostilidad que suscita tiene mucho que ver, protección social aparte, con el hecho de que una de las consecuencias directas de la implantación de este tipo de contratos es la disminución de la recaudación pública. Otro golpe a la tan cuestionada viabilidad del Estado de Bienestar, por si no tenía bastante. Por no decir que asumir que Europa pueda cambiar su cultura empleadora, y que los sindicatos puedan perder su capacidad de influencia, hace saltar chispas. Elaborar la legislación pertinente, y las políticas fundamentales para encajar un futuro en el que se prevé una gran pérdida de empleo asusta. Y es que no es de extrañar que soluciones del tipo “renta básica universal” nos suene, en realidad, a más problemas, en un momento en que solamente hacerse cargo de las pensiones ya es todo un reto.

La cuestión es que el fenómeno colaborativo parece imparable, que nos encontramos, actualmente, frente a brokers del talento, y que empezamos a asumir, a regañadientes, que el trabajo para toda la vida es cosa de pasado. Algo deberíamos haber intuido cuando Facebook y Twitter nos convirtió en productores y consumidores de información en sus plataformas, a cambio de “nada”. Resulta que estamos asumiendo los riesgos de un emprendedor, pero sin la posibilidad de controlar los medios de producción, ni de distribución.

Por el momento, UGT ha abierto en España una web que ofrece asesoramiento para estos trabajadores en relación a sus derechos laborales, no vaya a ser que este nuevo sistema, además de explotarnos, también nos exponga a sanciones de formas innovadoras. Y en este nuevo marco de la “economía compartida” yo me pregunto: ¿Qué estamos compartiendo exactamente?

2 thoughts on “Economía Gig vs. Estado del bienestar”

  1. Gran artículo que quisiera comentar más. Lo haré en otro momento pero la reflexión final es muy oportuna. “..el modo colaborativo que empieza a funcionar en distintos frentes y del que tanto se espera por parte de muchos, conviene advertir de las trampas que pueden venir con él, que suelen ser la colectivización de la mediocridad, la socialización de la incultura, o la “asamblearización” mayoritaria y consensuada del conocimiento Rendimientos decrecientes y negativos que invariablemente provienen de entornos de alto control social siempre ligados a reducciones de la exigencia y de la libertad personal. En ambas está el horizonte de la excelencia humana. Buenos días

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