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Cuando concedí días libres por culpa de Instagram

Nacho Muñoz

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En el ámbito de la ciencia, una revolución se produce a partir de la aparición de anomalías que no pueden ser explicadas bajo el paradigma aceptado, dentro del cual ha progresado la ciencia hasta ese mismo momento. En el ámbito empresarial, dar días libres a una trabajadora porque te lo pide por Instagram, es una anomalía en la gestión de personas tradicional digna de ser reflexionada. Comencemos.

Odio las etiquetas, y mucho. Esta gente joven que comienza a trabajar en las empresas, los Millenials, parecen diferentes. Y ojo, muchos de ellos vienen con una capacidad asombrosa y un potencial ilusionante, pero con unas cláusulas para ofrecer rendimiento que son difíciles de interpretar. No hay que alarmarse demasiado: estos jóvenes son tan diferentes a la generación anterior como lo podía ser yo mismo cuando era más joven. Veía que los mayores no me comprendían, y yo tampoco los comprendía bien a ellos. Y esto es así no solo porque yo lo diga, sino porque hay hemeroteca que lo demuestra. Parece que si no etiquetamos las generaciones no las comprendemos, pero esto se nos está yendo de las manos. Yo soy un Xennial, por cierto, esos que están en tierra de nadie: ni generación X ni Millenials. Pero vayamos al grano.

Situación: fin de semana, sentado tranquilamente en el sofá viendo algo de Netflix. Aparece una notificación en el teléfono, hasta aquí nada extraño. Alguien en Instagram te ha mencionado. Abro por cotillear, con un ojo todavía en la serie. Veo lo siguiente:

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Pongo en pausa la tele y los dos ojos bien abiertos mirando el móvil. Antes de que pase la imagen del stories la pongo de nuevo… Y otra vez. Y a la siguiente, cuando me equivoco con el dedo y dejo a Instagram que me enseñe la siguiente imagen de Ana en sus stories, me encuentro con otra sorpresa:

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A partir de aquí, el ángel y el diablo controlando mis pensamientos:

– Diablo: ¿será posible? ¡Me está pidiendo públicamente que le dé vacaciones! ¿Y hace una votación? ¿Pero qué se ha creído?

– Ángel: jajajajajajaja, jajajajajajajaa. Así son las cosas, amigo. ¡Tú quizá harías lo mismo en su situación!

Tenía que tomar una decisión, y aquí mi respuesta:

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Pues sí, el minnelianismo ha llegado. Esto era (estoy seguro) lo que nos quería decir Fernando Arrabal y de lo que nos reíamos tanto de él en su momento. No te pierdas el vídeo si no lo has visto. Ya (más) en serio: una generación adaptada a estos nuevos tiempos se ha asentado y, ahora, son individuos tan odiados como codiciados por las empresas. Codiciados por su frescura, empatía con el contexto y habilidad para comunicar por canales emergentes con un lenguaje contemporáneo. Odiados porque ponen condiciones para exponer su talento, porque sus hábitos son diferentes a los de los mayores y porque son capaces de saltarse normas que parecían inamovibles en el paradigma del management.

Y sí, esto es una anomalía del paradigma del management imperante. Pedir vacaciones por Instagram, así como conductas equivalentes que puedan darse, no es normal… hasta ahora. Los rancios dirán que no es serio, que es una muestra de indisciplina de una joven caprichosa y que se me va de las manos la gestión de personas en mi empresa. No, no es un arrebato de una joven caprichosa. Es una muestra de confianza radical, de un pacto implícito enmarcado en una cultura de innovación basada en la correspondencia de intereses: entrego el máximo desempeño, estoy disponible ofreciendo más de lo que pueda esperarse de mi en los picos de trabajo no planificados, asumo con absoluta responsabilidad las tareas encomendadas… y a cambio recibo lo que mi generación, los Millenials, queremos recibir:

Flexibilidad extrema: en todos los sentidos, es decir, flexibilidad horaria, espacial y en el dress code.

Autonomía parcial: rechazo del control del jefe, pero agradecimiento de una directriz sobre la que desenvolverse. Objetivos, tareas y responsabilidades bien definidas, así como las conductas y habilidades mínimas que deben acompañar determinadas responsabilidades.

Liderazgo guiado: iniciativa para liderar tareas, pero con un feedback durante el proceso o al finalizar que refuerce la proactividad.

Empoderamiento pasional: adquirir nuevos espacios de responsabilidad en los que poder hacer lo que más me gusta, o aquello para lo que me siento más capacitado.

Formación formal e informal: asumir las experiencias profesionales como experiencias vitales, que me permiten un aprendizaje que va más allá del propio desarrollo profesional.

Naturalidad en las relaciones humanas: como concepto más exacto que informalidad o buenrollismo, pero también diferente al del bienquedismo y/o conductas forzadas con compañeros y superiores.

Todo este reajuste del modelo de gestión de personas debe ir acompañado de esa correspondencia. Todo esto solo tiene sentido cuando el joven profesional ofrece no solo resultados en su desempeño, sino que es capaz de aportar valor añadido, estando a la altura en las duras y en las maduras. Lo que toda empresa siempre ha querido de su gente, vaya. Aquí no hay muchos cambios. El problema es cuando aparecen los desequilibrios:

– Empresas que exigen a sus profesionales, manteniendo una cultura de gestión anclada en paradigmas anteriores.

– Jóvenes que exigen a su empresa, sin ofrecer tanto a cambio como cabe esperar.

El minnelialismo lo vivo en mis propias carnes desde el momento en el que tomamos una decisión estratégica en Innovación Colectiva: para seguir aportando valor a los usuarios de nuestros proyectos de innovación, es decir, a la comunidad universitaria, a aquellos que quieren emprender un proyecto social o a las empresas ya consolidadas y competitivas (que tienen jóvenes talentosos en sus filas), debemos contar con Millenials. Seguramente aparecerán nuevas situaciones con la que cometeremos errores… y otras en las que acertaremos. Mientras tanto, seguiremos aprendiendo. Y Ana se irá a casa en Fallas.

 

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