aburrimiento

Añoro el aburrimiento

Nacho Muñoz

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Uno de los recuerdos más intensos de mi infancia es el del aburrimiento. Recuerdo con nitidez numerosos momentos de hastío, ratos en los que, sin saber qué hacer, el paso lento del tiempo me desafiaba cruelmente.

Quizá pueda parecer un recuerdo doloroso. Para nada. Recuerdo el aburrimiento con añoranza. Porque tras esa soledad absoluta, sin nadie a quien recurrir, finalmente lograba inventar algo que me sacaba de esa desesperante sensación. Y ese invento, en forma de juego, me hacía pasar el rato.

Son muchos los juegos inventados por todos los niños que surgen de ese no saber qué hacer. La “innovación” infantil se planteaba cuando el tiempo que tenías delante de ti era tan inmenso, que te obligabas a ocuparlo con nuevas experiencias, historias y/o personajes a los que dar forma. Y de ahí surgían juegos magníficos, sofisticados y memorables.

“Una sociedad que no soporta el aburrimiento es una sociedad de escaso valor”, decía Bertrand Russell. Pues debemos mirárnoslo. Vivimos en una sociedad que tiene muy baja tolerancia al hastío, a ese aburrimiento que propicia los procesos creativos, tal y como nos alerta Byung-Chul Han en la Sociedad del cansancio. Estamos en una sociedad hiperactiva, dopada e hiperatenta. Una sociedad en la que la multitarea a la que nos sometemos es una manifestación extrema de pasividad, ya que paradójicamente no nos permite ninguna acción libre. Además, este multitasking es una regresión, nos conduce al salvajismo, ya que la sobreestimulación y la multitarea no nos permite tener capacidad para una inmersión contemplativa, nos recuerda el filósofo surcoreano.

En el ámbito de la empresa la cosa no va por caminos diferentes. El día a día se presenta a una velocidad indecente, no dejando margen para pensar profundamente sobre ningún asunto. El entorno es tan ingobernable que ya se dejan de planificar tiempos de sosiego, lapsos en los que nos permitamos no aceptar la sobreestimulación, para centrarnos en la profundización de los asuntos que importan. Las empresas que deben innovar como medio para sobrevivir están dejando de inventar juegos nuevos con los que seguir creciendo porque, directamente, están ocupados y preocupados por seguir nadando en esta modernidad líquida.

Cuando planteamos acciones estratégicas en las empresas para gestionar el cambio, mediante equipos de innovación u otros modelos metodológicos, en realidad estamos permitiendo la conversación tranquila, pausada, con escuchas activas, reflexivas. Recuerdo un comentario a la finalización de una de las sesiones de trabajo de un participante, que me decía que este estilo de vida que todos de alguna manera compartimos ya no nos permite pensar ni con claridad ni con tranquilidad. Y estamos contra la pared: o aprendemos a desenvolvernos, o nos dejamos llevar con cierto desapego a todo lo que nos rodea.

Agradezco a mis padres que no se preocuparan tanto por mi entretenimiento cuando ellos dormían la siesta los fines de semana, o cuando no les importaba en exceso lo que hacía cuando iban a almorzar al bar de nuestro barrio y me dejaban solo en una plazoleta cercana. Añoro ese aburrimiento sin posibilidad de pantallas a las que acudir, ese aburrimiento sin más remedios que el de la imaginación.

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